jueves, 12 de agosto de 2010

Por el valle y por la aldea el hambre -solapada e inclemente- flagelaba a las gentes de las cosas, de las chozas y de los huasipungos. No era el hambre de los rebeldes que se dejan morir. Era el hambre de los esclavos que se deja matar saboreando la amargura de la impotencia. No era el hambre de los desocupados. Era el hambre que maldice en el trabajo agotador. No era el hambre con buenas perspectivas de futuro del avaro. Era el hambre generosa para engordar las trojes de la sierra.

Jorge Icaza - Huasipungo

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