Nosotros los escépticos también tenemos enemigos, tenemos a un Satanás que socava nuestras dudas y planta la semilla de la fe en los resquicios más taimados. De ese modo, matamos a los dioses, pero santificamos a quienes los reemplazan: profesores, artistas, mujeres hermosas.
Irvin Yalom - El día que Nietzsche lloró
lunes, 25 de abril de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
Los albañiles, los pintores, los plomeros, los yeseros, los carpinteros y yo, estábamos estrechamente unidos por nuestra fe en la comunicación humana. Apenas Victoria salía y me dejaba vigilándolos, ellos saltaban del andamio, yo me escurría del escritorio, y nos abandonábamos a la conversación.
Hablábamos de todo, mientras tomábamos mate para reponer fuerzas. La "refacción" como llamaba a esas ruinas siempre frescas el maestro mayor de obras, subalterno inmediato de Victoria, comenzó en marzo con un análisis de la política nacional y concluyó en el mes de mayo del año siguiente, cuando ya estábamos tan adelantados en el terreno de la confidencia, que yo me despertaba preguntándome si el Cacho se habría animado a proponer la separación a la Gorda, si la nena de Ramón había aprobado el examen de ingreso al banco, si Varela llegaría lúcido o sujetándose de las paredes.
Vlady Kociancich - La octava maravilla
Hablábamos de todo, mientras tomábamos mate para reponer fuerzas. La "refacción" como llamaba a esas ruinas siempre frescas el maestro mayor de obras, subalterno inmediato de Victoria, comenzó en marzo con un análisis de la política nacional y concluyó en el mes de mayo del año siguiente, cuando ya estábamos tan adelantados en el terreno de la confidencia, que yo me despertaba preguntándome si el Cacho se habría animado a proponer la separación a la Gorda, si la nena de Ramón había aprobado el examen de ingreso al banco, si Varela llegaría lúcido o sujetándose de las paredes.
Vlady Kociancich - La octava maravilla
lunes, 11 de abril de 2011
Era un marido perfecto: nunca recogía nada del suelo, ni apagaba la luz, ni cerraba una puerta. En la oscuridad de la mañana, cuando faltaba un botón en la ropa, ella le oía decir: «uno necesitaría dos esposas, una para quererla y otra para que le pegue los botones».
Gabriel García Márquez - El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez - El amor en los tiempos del cólera
viernes, 8 de abril de 2011
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