lunes, 11 de julio de 2011

Entre París y Francfort, no hice otra cosa que rezar que fuera cierto el lugar común de la eficiencia germana. De tanto en tanto, Fiumincino se me aparecía, bello y terrible como Lucifer, para recordarme la maldad de que es capaz un aeropuerto cuando se viaja con apuro. A manera de cruz, yo empuñaba el folleto de Lufthansa.

Vlady Kociancich - La octava maravilla

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