lunes, 26 de septiembre de 2011

Me atisbaba en el espejo que había en la cámara de mi abuela, en Roma, y me veía flotar, desmedrado, enclenque, en esa luz verdosa que titubeaba en las habitaciones del lúgubre palacio, color de los tapices, color de los muebles, de los retratos y de las panoplias, una neblina irreal desgarrada en jirones transparentes, que no era de aquel tiempo sino procedía de la Edad Media, y había quedado ondulando en los aposentos en cuyos rincones se estancaba, sin lograr salir de su encierro glacial, y que nos envolvía e impregnaba a viejos y a jóvenes, contagiándonos una rara lividez.

Manuel Mujica Láinez - Bomarzo

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