No podían adivinar que esas mismas perlas pertenecerían después a María Estuardo y que Elizabeth de Inglaterra se las robaría a su desgraciada rival cuando le troncharon la cabeza. Esos detalles, de haberlos conocido ellos, hubieran realzado algo la charla insulsa, pero la cronología limita las conversaciones.
Manuel Mujica Láinez - Bomarzo
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