Era un marido perfecto: nunca recogía nada del suelo, ni apagaba la luz, ni cerraba una puerta. En la oscuridad de la mañana, cuando faltaba un botón en la ropa, ella le oía decir: «uno necesitaría dos esposas, una para quererla y otra para que le pegue los botones».
Gabriel García Márquez - El amor en los tiempos del cólera
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