lunes, 18 de abril de 2011

Los albañiles, los pintores, los plomeros, los yeseros, los carpinteros y yo, estábamos estrechamente unidos por nuestra fe en la comunicación humana. Apenas Victoria salía y me dejaba vigilándolos, ellos saltaban del andamio, yo me escurría del escritorio, y nos abandonábamos a la conversación.
Hablábamos de todo, mientras tomábamos mate para reponer fuerzas. La "refacción" como llamaba a esas ruinas siempre frescas el maestro mayor de obras, subalterno inmediato de Victoria, comenzó en marzo con un análisis de la política nacional y concluyó en el mes de mayo del año siguiente, cuando ya estábamos tan adelantados en el terreno de la confidencia, que yo me despertaba preguntándome si el Cacho se habría animado a proponer la separación a la Gorda, si la nena de Ramón había aprobado el examen de ingreso al banco, si Varela llegaría lúcido o sujetándose de las paredes.

Vlady Kociancich - La octava maravilla

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